Columna: Leticia Cebada

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define el término de caída como “la consecuencia de cualquier acontecimiento que precipite al individuo al suelo en contra de su voluntad”. Los resultados de múltiples estudios indican que cada año más de un 30% de las personas hospitalizadas sufren una caída. Estas cifras pueden ser preocupantes si consideramos las consecuencias en la salud de los niños hospitalizados. (Secretaria de
Salud, 2012).
Las caídas en pacientes hospitalizados pueden ser reiteradas y tendientes a generar un efecto acumulativo adverso sobre la capacidad de movimiento del individuo, causando periodos de inmovilidad y, como resultado de las complicaciones, incluso la muerte.
Además, se describe una elevada prevalencia de consecuencias psicosociales como el síndrome postcaída, el miedo, la pérdida de autoestima y la disminución cualitativa y cuantitativa para la realización de las actividades de la vida diaria (AVD) básicas e instrumentales. Esta incidencia, ha sido considerada un indicador indirecto de la calidad de la atención que presta el personal de una institución de salud. (Organización Mundial de la Salud, 2011).
Las caídas de pacientes están consideradas dentro del grupo de “eventos adversos” que ponen en peligro la seguridad de los mismos. La seguridad de los pacientes ha alcanzado en los últimos años una gran relevancia, tras la publicación del informe “To err is Human” (Institute of Medicine. Building a Safer Health System. Washington, DC: National Academy Press, 1999), donde se plantea que la seguridad es una dimensión esencial de la calidad asistencial y sin ella aumenta la probabilidad de que otras dimensiones como la efectividad o la satisfacción de los pacientes se vean afectadas negativamente. (Olvera, Hernadez Arroyo & Nava, 2013).

Un estudio realizado en la universidad de Harvad indica que el 70% de los efectos adversos producto de errores en la atención, deriva en incapacidades temporales y un 14% de ellos en la muerte de los pacientes, además también pueden sufrir afectaciones de carácter social, familiar y emocional. (Tamayo, Ochoa & arroyo, 2011).

La Joint Commission (JCI) las reporta como el sexto evento más notificado de la base de datos de Eventos Centinela,1 lo que significa una carga tanto social como sanitaria, porque aunado al proceso mórbido de la hospitalización, las caídas generan un daño adicional para el paciente, alteran su proceso de recuperación e incrementan su estancia hospitalaria, con los riesgos que esto implica también para la familia y la institución, ya que como resultado de la caída habrá repercusiones de diferente índole, como son las físicas, psicológicas, sociales y económicas.
Se calcula que anualmente mueren en todo el mundo unas 424,000 personas a causa de esta circunstancia y más de 80% de esas muertes se registran en países de bajos y medianos ingresos; de hecho, los mayores de 65 años son quienes sufren caídas mortales Las caídas tienen una frecuencia de tres a 13 veces por cada 1,000 días de hospitalización en el Reino Unido, de los que entre 20 y 30% causan daños físicos, desde lesiones moderadas como hematomas, hasta fracturas (especialmente de cadera) o traumatismos craneoencefálicos.

No existe un rango de eventos de caídas permitido institucionalmente; asimismo, la bibliografía muestra datos heterogéneos, desde instituciones que reportan incidencias muy bajas que oscilan entre 0.18%7-9 y 0.47%,10 hasta otros hospitales que llegan a 2.2%. (Tapia, Salazar y Olivares, 2003).
Estos informes ponen de manifiesto la magnitud de los daños o lesiones a los pacientes secundarios a la atención recibida y el gran impacto en la morbilidad general, así como los costos en salud que estos implican. Razón por la cual surge la inquietud de determinar los factores relacionados con las caídas
L.E.E.P Leticia Cebada Aburto

documentos de un protocolo de investigación realizado por el autor